el timbre sonó y sabían que lo que eso significaba. se dirigió al salón a través de los pasillos subterráneos ligeramente iluminadas. en cuanto entró se dio cuenta de que era lo último. el Amo, completamente cubierto de cuero, estaba sentado en su trono y delante tenía a sus dos compañeros esclavos, ambos, como él, completamente desnudos salvo por la jaula de castidad, arrodillados con la cabeza mirando fijamente las botas del Amos. sin tardanza y con la cabeza muy inclinada, se acercó y se sentó al lado de los otros esclavos.