mi Señor se ha levantado especialmente sádico esta mañana y, tras el saludo inicial, ha ordenado al objeto que se pusiera los grilletes, se amordazara, se pusiera unas pinzas en los pezones y se diera veinte golpes con la fusta en cada nalga. el objeto tenía que grabarlo y enviarlo a mi Señor. y luego tenía que estar con las pinzas puestas todo el tiempo posible. "Todo el tiempo que aguantes", dijo mi Señor. de hecho eso significaba todo el tiempo, porque todo lo que aguante es hasta perder los pezones si fuera necesario. mi Señor había ordenado al objeto que fuera a ayudar a un familiar a media mañana así que el objeto estuvo cerca de cuatro horas con las pinzas en los pezones. llega un momento en que el dolor se integra, se asume, se convierte en una constante, al menos para el objeto. muchas veces ha dicho esto que prefiere, o mejor dicho, que soporta mejor un dolor ligero y prolongado que uno corto e intenso. el de hoy fue ligero y prolongado, muy prolongado en el tiempo. al final, cuando ya el objeto tenía que irse, se quitó las pinzas. ese es el peor momento porque es cuando la sangre vuelve y las terminaciones nerviosas vuelven a sentir lo que estaba adormecido. entonces el dolor se intensifica. en este momento, al igual que durante toda la mañana, ese dolor lo puso el objeto bajo las botas de mi Señor. por la tarde no pasó nada significativo, salvo que cada vez que la camiseta rozaba los pezones del objeto, esto recordaba lo que es y a quien pertenece.
sumisión en silencio, castidad y obediencia ciega.