a pesar de haber estado prácticamente todo el día en silencio, el objeto quedó con la sensación de que había hablado demasiado últimamente. tal vez sea el regusto de la semana en la que sí que ha tenido que hablar bastante por cuestiones de trabajo. por eso el objeto lo ha confesado ante mi Señor, lo ha puesto bajo sus botas y mi Señor le ha ordenado que se de cien azotes, por haber hablado mucho. da igual que sea una realidad o no, el hecho es que esa sensación está y que mi Señor ha puesto remedio. el objeto no puede sino maravillarse de la sabiduría y el poder de mi Señor.

sumisión en silencio, castidad y obediencia ciega.