si bien es cierto que este perro no tiene ese cuerpo, ni esas sendras, ni ha hecho exactamente ese gesto, este perro hoy se ha vuelto a enfundar las botas para comenzar a trabajar de nuevo. ha sido un retomar cosas que habían quedado aparcadas, al menos por el momento y ha sido algo extraño. una especie de situación agridulce, alegría por encontrar a algunos y no tanta alegría por otros, pero ya está. por delante un nuevo año de trabajo y situaciones. ¿la única constante? la sumisión, la esclavitud que este perro vive en su vida real y auténtica, de la cual las botas son el mayor reflejo. son casi como una seña de identidad, como un collar que llevara al cuello. cada vez que las siento recuerdo qué soy y a quien pertenezco. cada vez que este perro oye el ruido que producen las pisadas sabe que es un esclavo. llevaba dos meses sin ellas y este perro se sentía como desnudo. ahora vuelve a ser plenamente lo que es: una propiedad del Dueño.